Camilo Prieto activó una red de donantes y voluntarios que aún hoy sigue llevando equipos, medicamentos e insumos a hospitales del departamento.
Apenas habían pasado 27 horas desde el terremoto cuando el primer avión con ayudas médicas llegó a Chocó. Camilo Prieto todavía no estaba a bordo. El coordinador médico de la Fundación Movimiento Ambientalista Colombiano se encontraba en Washington y desde allí comenzó a mover la operación para que el avión despegara rumbo al departamento: en la aeronave no había espacio siquiera para un copiloto, pues hasta esa silla iba ocupada por las ayudas que necesitaban los hospitales.
Prieto llegaría posteriormente, en el segundo vuelo y en varios de los que siguieron. Un mes después de la emergencia, continúa involucrado directamente en la operación y este 10 de septiembre hace parte del vuelo que vuelve a llevar ayudas al departamento.
El terremoto deja, hasta ahora, un balance de 331 personas fallecidas confirmadas, 4.449 heridas y 219 desaparecidas. Además, 185.226 familias, equivalentes aproximadamente a 452.782 colombianos, resultaron afectadas en 497 municipios de 16 departamentos.
Lo que comenzó como una reacción contra el reloj terminó convirtiéndose en una operación que suma siete vuelos de avión, nueve vuelos en helicóptero, dos tractomulas y más de 60 toneladas de ayudas, de las cuales 17 son insumos y dispositivos médicos.
La rapidez con la que se pudo organizar aquella primera misión tampoco fue producto de la improvisación. Prieto tenía detrás la experiencia de la emergencia humanitaria de Venezuela, donde también estuvo apenas días después con un grupo de médicos voluntarios. De allí, le quedó una enseñanza: las redes para responder a un desastre deben construirse antes de que ocurra.
«Venimos preparados desde Venezuela. Ya teníamos una red de donantes y de colaboradores, de donantes y voluntarios, activa, y habíamos dejado guardado un banco de ayudas», explica.
Esa estructura permitió que, mientras él estaba fuera del país, la fundación pudiera activar rápidamente a donantes y voluntarios y organizar el primer envío. El objetivo inicial era llevar dispositivos médicos quirúrgicos y, al mismo tiempo, hacer un diagnóstico de las condiciones en las que se encontraba el sistema de salud.
Cuando Prieto llegó al departamento, ese diagnóstico se convirtió en el punto de partida para ampliar la operación.
Encontraron una capacidad tecnológica limitada para atender pacientes en urgencias, cuidados intensivos y atención pediátrica. Pero también descubrieron que las dificultades eran todavía mayores en municipios de difícil o imposible acceso por tierra.
«Cuando vimos eso, nos tuvimos que enfocar no solamente en traer los insumos médico-quirúrgicos, sino también en traer los equipos médicos, la tecnología», relata.
Fue entonces cuando la respuesta dejó de ser una ayuda puntual y empezó a convertirse en una campaña de mayor alcance. La fundación activó la iniciativa ‘Chocó te necesita’, con la que comenzó a recolectar recursos para comprar los equipos que requerían los hospitales y centros de salud.
La respuesta de los donantes superó las expectativas iniciales y permitió extender la operación a otros municipios.
Entre los equipos adquiridos y trasladados se encuentran monitores multiparámetros, monitores fetales, concentradores de oxígeno, electrocardiógrafos y desfibriladores. También se llevaron equipos de succión, dispositivos ortopédicos y sistemas para tubos de tórax, además de medicamentos endovenosos utilizados en cuidados intensivos.
Los concentradores de oxígeno fueron especialmente importantes para los municipios apartados, donde no existe disponibilidad permanente de gases medicinales. Y los desfibriladores revelaron una carencia que sorprendió al equipo: en varios municipios, los carros de paro ni siquiera contaban con este elemento esencial para responder ante una emergencia.
«Los equipos médicos que hemos llevado al departamento no es que se hayan destruido con el terremoto. Siempre han debido estar ahí», afirma Prieto.
Para él, esa constatación terminó convirtiéndose en una de las principales conclusiones de este mes de trabajo: el terremoto expuso problemas que ya existían. «El departamento del Chocó ha tenido un oprobioso abandono por décadas», sostiene.
De Quibdó a los municipios apartados
La operación que comenzó con el primer vuelo hacia Quibdó fue creciendo a medida que la fundación identificaba nuevas necesidades.
En un comienzo, el objetivo era apoyar los requerimientos de los hospitales de Quibdó y llegar a Condoto y Unión Panamericana. Pero el aumento de las donaciones permitió ampliar el radio de acción.
La ayuda también llegó a Novita y Carmen de Atrato, entre otros puntos del departamento. En este último municipio, por ejemplo, parte de los elementos que se entregarán este viernes están relacionados con la atención de accidentes viales recurrentes, por lo que se llevaron muletas, dispositivos ortopédicos y vendajes de yeso.
El desafío, sin embargo, no es únicamente conseguir los equipos, sino lograr que esas donaciones lleguen hasta lugares donde las condiciones de transporte hacen que un recorrido de unas pocas decenas de kilómetros pueda convertirse en una operación de varias horas.
«Hay municipios que pueden tardar vuelos de helicóptero de 30 a 40 minutos, pero que por otro medio, ya sea terrestre o fluvial, pueden ser más de 10 horas», explica Prieto.
Por eso, la operación incorporó apoyo de helicópteros de Volar Colombia. Por tierra también fue necesario movilizar parte de las ayudas, especialmente las camas hospitalarias, para lo cual se utilizaron dos tractomulas. De las 60 toneladas trasladadas en total, 43 corresponden a ayuda humanitaria y el resto a insumos y dispositivos médicos.

Pero Prieto insiste en que las cifras no cuentan por sí solas la dimensión de la operación. Detrás de cada vuelo hay una cadena de personas que deben conseguir, clasificar, almacenar y transportar las ayudas, además de identificar exactamente dónde hacen falta.
«Esto no lo hace una persona. Es un trabajo en equipo en el que se necesita sumar la energía y la disposición de muchos voluntarios alrededor del proyecto», dice.
También hay personas que no pueden hacer aportes económicos, pero que han puesto a disposición de la operación algo que resulta igualmente necesario: su tiempo.
«Muchas personas dicen: ‘Yo no tengo recursos para donar, pero quiero ayudar’. Y donan su tiempo. Cambian sus horarios laborales para poder acompañar todas estas misiones», cuenta.
La trazabilidad como una forma de confianza
Una de las preocupaciones de Prieto durante todo este proceso ha sido que quienes aportan puedan saber qué ocurre con sus donaciones. La fundación procura documentar el recorrido de las ayudas desde el momento en que son recolectadas hasta su llegada a los centros médicos.
«Siempre hemos tenido una perspectiva: demostrar el camino que tienen las ayudas. No solamente la recolección, sino mostrar la trazabilidad de las ayudas, para que la gente pueda ver a dónde está llegando lo que está donando», señala.
Esa transparencia, sostiene, ha generado un efecto que terminó alimentando la propia operación: más personas se han sumado a las campañas y algunos donantes han vuelto a aportar.
El caso de las neveras para almacenar sangre es uno de los ejemplos que menciona. Después de que los cambios de voltaje dañaran los equipos del Hospital San Francisco de Asís, la fundación activó una campaña para conseguir una nueva nevera y recibió el respaldo de especialistas de la Asociación Colombiana de Hematología y Oncología.
Los aportes de los hematólogos permitieron comprar el equipo. Posteriormente llegaron más donaciones y hoy, según Prieto, ya son tres las neveras disponibles como resultado de esas gestiones. «Creo que la gente tiene la oportunidad de ver que lo que dona efectivamente se entrega», afirma.
La emergencia hizo visible un problema mayor
Un mes después del terremoto, Prieto cree que uno de los mayores riesgos sería que la atención nacional sobre Chocó desaparezca una vez pase la fase más crítica de la emergencia.
Por eso habla de problemas estructurales que van mucho más allá de la dotación de los hospitales. El primero es la energía. El segundo, las vías de comunicación.
«Si tú no tienes energía, no puedes garantizar educación, no puedes garantizar salud, no puedes garantizar infraestructura, no puedes garantizar conectividad», sostiene.
La precariedad energética tiene además consecuencias directas sobre los servicios de salud. Prieto pone como ejemplo al Hospital Ismael Roldán, donde el equipo de rayos X no puede funcionar cuando se presentan cortes porque la planta eléctrica de respaldo no tiene capacidad suficiente para soportarlo.
De hecho, este jueves, el hospital permanece sin energía eléctrica y funciona gracias a plantas de generación que permiten continuar con una parte de la operación.
A esto se suma que, según relata, en el departamento pueden producirse interrupciones de energía de más de diez horas.
La misma problemática afecta a la educación. Prieto asegura que más de 12.300 estudiantes universitarios están sin poder asistir a clases y que, aunque algunas universidades han ofrecido acceso a plataformas virtuales, la falta de conectividad estable y de dispositivos tecnológicos dificulta que esa alternativa funcione. «Todo está completamente enlazado», dice.
En materia sanitaria, su conclusión es igualmente contundente: no basta con reparar los daños ocasionados por el terremoto. Los centros asistenciales necesitan una intervención más profunda.
«Todos los centros de salud del departamento necesitan una intervención», afirma. Algunos sufrieron daños durante el sismo; otros, explica, llevan décadas sin recibir el mantenimiento que requieren.
Un mes después
En ese contexto, la operación encabezada por Prieto continúa activa. Los vuelos, las tractomulas y las toneladas de ayuda movilizadas en apenas un mes muestran la dimensión de una respuesta que comenzó desde Washington, pasó por bodegas y aeropuertos y terminó llegando a hospitales y centros de salud de municipios que, en algunos casos, están a horas de distancia por tierra o por río.
Pero detrás de las cifras está la intención de conectar necesidades específicas con respuestas concretas: una nevera para conservar sangre, un desfibrilador para un carro de paro, un monitor para una urgencia, un concentrador de oxígeno para un municipio apartado o un equipo que permita atender a un paciente cuando lo necesite.
Prieto reconoce que ninguna de estas acciones puede resolver por sí sola las condiciones históricas del departamento. Pero también cree que esta emergencia produjo algo que no debería perderse: una mirada nacional sobre Chocó.
«Por primera vez, quizá, el país se ha volcado a mirar al Chocó como nunca antes», dice.






















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